La poda de vides

Vid después de la podaEn plena época de poda, superadas ya las tensiones del último trimestre del año, llega el momento de planificar lo que va a ser la próxima cosecha, y la toma de decisiones sobre el terreno: ¿qué camino se seguirá en la añada que viene?

Hasta fin de año se trabaja intensamente en las bodegas: la recolección, la elaboración, las fermentaciones, los trasiegos, la campaña de ventas de Navidad (cuando más vino se vende en todo el año),…

En el campo, y desde Noviembre hasta Febrero, parece que la vid duerme: es innecesario el riego, no se aprecia crecimiento en la planta, sólo las cepas desnudas y sin hojas, como abandonadas, parecen esperar la primavera.

Pero si hay dos momentos importantes en la viña a lo largo del año, son la elección del momento de la vendimia y la poda. ¿Por qué es tan importante la poda?

La poda es un recorte de la masa vegetativa de la vid para buscar el equilibrio entre el crecimiento y la producción de una planta. Así se controla que la planta tenga una producción regular año tras año, una calidad sostenible, y un tamaño que facilite el trabajo agrícola.

Dentro de la vid podemos distinguir la cepa, o tronco, el sarmiento, o rama, de donde surgen los racimos, y la yema, o brote del que nacerá un nuevo sarmiento.

A diferencia de otros frutales, la vid produce uva en los sarmientos nuevos de ese año. Un albaricoquero, por ejemplo, produce fruto en ramas del año anterior. Si no hay rama del año anterior no hay fruto. En cambio la vid genera nuevos sarmientos cada año a partir de las yemas y es en esos sarmientos donde crecerán los racimos.

Por ello, se puede desnudar una cepa de sus ramas y, esta recupera vegetación y hace producción. Las cepas pueden producir y, de hecho lo hacen, en aquellos brotes que se dan nada más iniciarse la brotación. Así cuando paseamos por un viñedo después de la poda vemos tan poca cosa, sólo la cepa con las yemas que se han conservado para que nazcan los nuevos sarmientos, lo que favorece y mucho el control sobre la extensión de la vid.

Ahora bien, ¿cuántas yemas hay que dejar en una vid? Este es el quid de la cuestión de la poda: la carga de una vid. Llamamos carga al número de yemas que quedan en una cepa después de hacer la poda. Cada una de estas yemas dará lugar a un sarmiento portador de un número determinado de racimos, que se correlacionan con el número de uvas que se esperan en la siguiente vendimia. Y todo esto deberá estar relacionado con la capacidad de la vid (el tipo de uva, la edad del viñedo, la fertilidad de la tierra,…).

Cada viñedo tiene un punto de equilibrio, en el que el número de yemas producirán los sarmientos justos para que cada racimo sea de la mejor calidad. Y en este equilibrio es tan malo el exceso como el defecto.

Si dejamos un excesivo número de yemas, se producirá más uva de la que la planta será capaz de atender, por lo que se corren riesgos: un cuajado deficiente, una maduración incompleta, y unos sarmientos débiles, que darán como resultado mucha uva pero de escasa calidad. Además, la planta acusará el esfuerzo y las producciones de los años siguientes se resentirán.

En cambio, si la carga es corta (se poda demasiado), la vid, al necesitar poca energía para mantener los pocos sarmientos que tendrá que mantener, se dedicará a producir madera inútil, a formar una cepa más gruesa, y a producir demasiada hoja. Estaremos desperdiciando la capacidad de la vid, y perdiendo dinero. Es algo que viene bien después de una sequía o cuando conviene dejar que la planta descanse tras un año difícil, pero improductivo y caro, ya que los costes siguen siendo los mismos y la producción menor.

En años de crisis, los agricultores suelen dejar una carga alta de yemas en la vid, para asegurar la producción: si el año se da mal y se pierde parte de la cosecha, los racimos sobrantes suplirán el problema. Así al menos se asegura el año. Pero esta actitud no beneficia, como hemos visto, ni a la calidad ni al futuro de la bodega, porque los vinos producidos serán de menor categoría y porque esta práctica perjudica la producción de las viñas en los años posteriores. Es la bodega, en todo caso, la que deberá prever qué tipo de producción quiere para el año siguiente (cantidad, calidad, precio,…).

La producción de uva para vinos tintos de calidad, y también algún blanco, piden una uva más madura, de más azúcares, que hagan un vino viable para estar un tiempo en la botella. Esa uva parte inevitablemente de una poda de las cepas con las yemas justas, para no hacer una sobreproducción. Los elaboradores de este tipo de vino piden una calidad de uva que conlleva hacer un cultivo bastante esmerado.

Y queda toda aquella uva que tiene que ir a un mercado donde no se exige más de un vino joven bien elaborado y que la uva esté dentro de unos parámetros que lo hagan viable, siempre que el vino sea lo suficientemente competitivo.

El ideal es procurar la mejor producción. Y eso no se refiere sólo a la calidad de la uva, sino que el objetivo debe ser que calidad y cantidad formen parte de una ecuación correcta donde se maximizan la producción y los ingresos. Cada botella que no sale al mercado de un vino excelente es una pérdida de dinero, tanto como cada botella que se deja de vender (o se tiene que vender a un precio más bajo) porque la calidad no ha sido buena. Es un equilibrio difícil, y todo se decide en la poda.

Optar por una poda y un cultivo que se adecuen a las necesidades de calidad e imagen de lo que reclama el mercado es, por tanto, el objetivo de la poda. Importante, ¿no?

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